jueves, 11 de agosto de 2011

Sobre bloqueos literarios.

Ella tenía una frase en la lengua que le quemaba las papilas. Una frase insulsa que la asqueaba, una frase lastimera, casi un ruego.

No encontraba contexto para escupirla. No podía pensar, siquiera, un escenario posible para derrochar tales palabras.
En cuclillas frente a la nada, en el medio de la habitación vacía, evoco recuerdos que le parecía podían ser los causantes de tal discapacidad emocional frustrante de expresiones.
Pasaron entre sus dedos pétalos marchitos de flores que excusaban infidelidades, entradas arrugadas de películas románticas de finales irreales, arena de las playas donde corazones dibujados rezaron amores eternos que se consumieron en los mares, papeles de bonobones cuyo sabor no alcanzo a borrar el trago amargo de las despedidas.
Pasaron ante sus ojos convertidos en aire todos los besos de todos los hombres que saben mentir.
Cayeron del techo y atravesaron el piso todas las letras de las poesías malgastadas. Como una lluvia intermitente de inocencia, dolor y lágrimas, haciéndola reír a carcajadas de felicidad purísima!
Se sentó, para ver danzar los colores de las canciones dedicadas, como un pin pong de amor barato, fugaz, de ese que quema rico y no se recuerda un mes después del adiós fatídico, el llanto en rincones y los peluches abrazados.
Y aun así no encontró razones para su falta de ilusión.
Se encontró con la idea de que su imaginación entera estaba frustrada por esa frase, ese trencito de palabras, montón de letras en fila. Sin antes ni después, sin continuidad posible.
Pensó en soltarla y atenerse a la obligación de enfrentar el eco devolviéndola. Y supo que seria inútil.
Se paro, e hizo lo único que se puede hacer en esas situaciones: entregar la frase a quien realmente pertenecía, con los hombros encogidos como forma de decir “no se que hacer con ella”. Porque si bien sabía que era el final de una poesía que aun no se había escrito, a causa de una historia que le falta cocinarse, pararse en el umbral del romanticismo la horrorizaba brutalmente y no iba a intentarlo.














“Y así en el convenio de tus ojos y los míos, encontrar la luna.”








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